Amanece, como siempre. Y, como siempre, ahí está. Dormida.
Tumbada, pulcra. Cansancio, distensión.
Crepúsculo, por variar. Y, por variar, camina. Juega
Matriz y motriz. Paisaje y contorno. Sol, sombra.
Anochece, finalmente. Y, al fin, se vuelve. Apresura.
Calma y ansiedad. Pasión y soledad. Erizado, suavidad.
Calma y ansiedad. Pasión y soledad. Erizado, suavidad.
Camino hacia la exhalación, vuelta de gemidos con síntoma de ahogo.
Aliento denso capaz de escamar la piel.
Pura maravilla. Deslumbres.
Pura maravilla. Deslumbres.
Manos ciegas expertas en memorizar un recorrido en linea recta. Después, curvas.
Muchas curvas.
Embriaguez en estado absoluto e inútil sensación a síndrome de abstinencia.
Caes, te deslizas. Chocas.
Mas quieres quedarte a vivir. Y contar los lunares que bajan, que suben de vuelta a casa.
Y perderte. Fantasear por olvidar el rumbo, la dirección.
Dorso pálido, frívolo. Atractivo, calor.
Por fin, sudor. Omóplatos cansados. Soplo volcánico.
Antojos de cervical. Besos por labios agrietados. Al fin, excitación.
Amanece, como siempre. Y, como siempre, tapas el sol. Resplandece.
Pero mantienes la mirada. Dejas la cara dónde estaba.
Aún nos quedan kilómetros de más. Hablemos de la linea de tu espalda.