Había muchas maneras de programarnos. Sinceramente, siempre a modo de antojo. A altas horas de la madrugada, casi siempre. Antes de cerrar los ojos, durante y después.
Programarse a modo de recarga simbiótica, llegando hasta el último tramo de todo sistema inmunológico. Lo que viene siendo un traspaso de serotonina bursátil, piel con piel, dedo a dedo, de boca a boca.
Probablemente se programaba lo más erótico que tu mente podía engendrar. El resto, simplemente era el resto. Pero lo más impactante era la delicadeza con la que se programaba la previa.
La previa: Imaginaos un desliz, fugaz, roce de labios. Unos labios eternos en un cuerpo de piel densa y cambiante. Sin lastimaciones ni controversias. Unos labios que, chasqueaban y, como producto, provocaban la quiebra. La quiebra del sostenimiento, de la retención de aliento. Un suspiro tras otro daba tenuidad a la oscuridad del instante. Instante oscuro, pero fácil para el morbo. Un muerdo, y luego otro.
Leves capturas instantáneas de manos a contraluz, que acarician y desgarran. Por si acaso. Pero no hubo nunca huida. Nada que implicara voluntariedad. Aunque sí se fuera un par de veces (sin moverse del sitio dónde le tengo retengo, ya me entendéis: debajo de mi).
Lo que más nítido recuerdo es el tacto de su pelo. Su pelo. Fórmulas que compaginan sentidos opuestos, vista, tacto. Que despejan una constante de seda y enredo. Que acaban transfigurándose en un suave olor. Y vapor. Vapor en cantidades industriales. Vaho, que se deshace. Que se adhiere. Que, al fin y al cabo, terminas respirando.
Casi como un estado de embriaguez, en toda regla, la previa siempre dejando el listón alto.
Sin más dilaciones, el final siempre se hacía de rogar. Una sistemática compleja para una mente que sólo es capaz de entender sudando. Con finales dispares y yuxtapuestos, en los que siempre aparecía un punto y aparte. Tal vez mis pocas ganas de acabar. Tal vez que mi intelecto no pare de imaginárselo, y tenga como resultado un termostato elevado.
El caso, dejé de programar el final para convertirlo en un continuo comienzo. Y quien no se mueva entre tóxicos, probablemente no comprenda la finalidad de mi principio.