Hoy me apetecía nombrarte, sin deletrearte.
Sin sentir esa furia con fobia. Sin llegar a imaginarte.
Hoy me apetecía besarte, desde lejos. Sin tacto.
Sin ser consciente de lo adicta que soy a tu boca.
Hoy me apetecía llamarte, sin marcar. Sin oírte llegar.
Sin ganas de recordar cómo el lado protector y grave de tu voz conquistaba mis esperanzas.
Hoy me apetecía saber de ti. Sin detalles, sin dilaciones.
Sin la necesidad de que habláramos más de la cuenta.
Hoy me apetecía abrazarte, sin calor. Sin caricias por la espalda.
Sin deseos de quedarme ahogada entre tus brazos.
Hoy me apetecía sentirme tuya por un momento, sin llegar a serlo nunca.
Sin ni siquiera la sensación de importarte.
Hoy me apetecías con lo puesto, sin ser otra persona que no fueras tú.
Sin rodeos. Sin más.
El desafío de nombrarte
Cuando los labios se agrietan, el beso vuelve a nacer
miércoles, 25 de noviembre de 2015
martes, 6 de octubre de 2015
A turnos.
Había muchas maneras de programarnos. Sinceramente, siempre a modo de antojo. A altas horas de la madrugada, casi siempre. Antes de cerrar los ojos, durante y después.
Programarse a modo de recarga simbiótica, llegando hasta el último tramo de todo sistema inmunológico. Lo que viene siendo un traspaso de serotonina bursátil, piel con piel, dedo a dedo, de boca a boca.
Probablemente se programaba lo más erótico que tu mente podía engendrar. El resto, simplemente era el resto. Pero lo más impactante era la delicadeza con la que se programaba la previa.
La previa: Imaginaos un desliz, fugaz, roce de labios. Unos labios eternos en un cuerpo de piel densa y cambiante. Sin lastimaciones ni controversias. Unos labios que, chasqueaban y, como producto, provocaban la quiebra. La quiebra del sostenimiento, de la retención de aliento. Un suspiro tras otro daba tenuidad a la oscuridad del instante. Instante oscuro, pero fácil para el morbo. Un muerdo, y luego otro.
Leves capturas instantáneas de manos a contraluz, que acarician y desgarran. Por si acaso. Pero no hubo nunca huida. Nada que implicara voluntariedad. Aunque sí se fuera un par de veces (sin moverse del sitio dónde le tengo retengo, ya me entendéis: debajo de mi).
Lo que más nítido recuerdo es el tacto de su pelo. Su pelo. Fórmulas que compaginan sentidos opuestos, vista, tacto. Que despejan una constante de seda y enredo. Que acaban transfigurándose en un suave olor. Y vapor. Vapor en cantidades industriales. Vaho, que se deshace. Que se adhiere. Que, al fin y al cabo, terminas respirando.
Casi como un estado de embriaguez, en toda regla, la previa siempre dejando el listón alto.
Sin más dilaciones, el final siempre se hacía de rogar. Una sistemática compleja para una mente que sólo es capaz de entender sudando. Con finales dispares y yuxtapuestos, en los que siempre aparecía un punto y aparte. Tal vez mis pocas ganas de acabar. Tal vez que mi intelecto no pare de imaginárselo, y tenga como resultado un termostato elevado.
El caso, dejé de programar el final para convertirlo en un continuo comienzo. Y quien no se mueva entre tóxicos, probablemente no comprenda la finalidad de mi principio.
Programarse a modo de recarga simbiótica, llegando hasta el último tramo de todo sistema inmunológico. Lo que viene siendo un traspaso de serotonina bursátil, piel con piel, dedo a dedo, de boca a boca.
Probablemente se programaba lo más erótico que tu mente podía engendrar. El resto, simplemente era el resto. Pero lo más impactante era la delicadeza con la que se programaba la previa.
La previa: Imaginaos un desliz, fugaz, roce de labios. Unos labios eternos en un cuerpo de piel densa y cambiante. Sin lastimaciones ni controversias. Unos labios que, chasqueaban y, como producto, provocaban la quiebra. La quiebra del sostenimiento, de la retención de aliento. Un suspiro tras otro daba tenuidad a la oscuridad del instante. Instante oscuro, pero fácil para el morbo. Un muerdo, y luego otro.
Leves capturas instantáneas de manos a contraluz, que acarician y desgarran. Por si acaso. Pero no hubo nunca huida. Nada que implicara voluntariedad. Aunque sí se fuera un par de veces (sin moverse del sitio dónde le tengo retengo, ya me entendéis: debajo de mi).
Lo que más nítido recuerdo es el tacto de su pelo. Su pelo. Fórmulas que compaginan sentidos opuestos, vista, tacto. Que despejan una constante de seda y enredo. Que acaban transfigurándose en un suave olor. Y vapor. Vapor en cantidades industriales. Vaho, que se deshace. Que se adhiere. Que, al fin y al cabo, terminas respirando.
Casi como un estado de embriaguez, en toda regla, la previa siempre dejando el listón alto.
Sin más dilaciones, el final siempre se hacía de rogar. Una sistemática compleja para una mente que sólo es capaz de entender sudando. Con finales dispares y yuxtapuestos, en los que siempre aparecía un punto y aparte. Tal vez mis pocas ganas de acabar. Tal vez que mi intelecto no pare de imaginárselo, y tenga como resultado un termostato elevado.
El caso, dejé de programar el final para convertirlo en un continuo comienzo. Y quien no se mueva entre tóxicos, probablemente no comprenda la finalidad de mi principio.
domingo, 28 de junio de 2015
Fugaz
como paisajes en las ventanas de autobuses.
Deseos llenos de belleza y carretera.
Qué tal y cómo vienen, se van.
Fugaces y cambiantes. Intentos de acaparar
con tus ojos todo lo que el campo verde visual
te permite divisar, fallido siempre por la
maldita velocidad.
Deseos que se te escapan de las manos,
a pesar de la inercia de quererlos agarrar.
jueves, 25 de junio de 2015
Mientras duermes
Está ya amaneciendo y no hemos parado de besarnos en toda la noche.
Siento tus labios en los míos
como la sensación de olas en tus piernas nada más salir del mar.
Ahora siento y oigo en verde
porque el color de tus ojos me ha privado los sentidos.
Tengo arraigadas en el pecho cada una de tus manos
y mi corazón late más deprisa desde que me arropo con tu aliento.
Esta noche te he dicho
mientras soñabas,
que ya he visto muchos paisajes,
pero que ninguno como el de tus pestañas sobre la almohada.
Has sonreído mientras te hacías el dormido
y yo he visto como el sueño se escapaba por la ventana.
Era necesario sentirte encima de mi para recordar que estaba viva,
siento como nazco cada vez que me besas la barbilla.
Y mis dedos sólo saben resaltar la forma de tus labios
en cualquier lugar en el que pueda dibujarlos.
Ya no tengo sombra, es la propia idiosincrasia
la que me sigue a todas partes cada vez que siento que me sigues.
Hasta el punto que he pensado en comprarme un adosado
cerca del lunar que sobrepasa tu cintura.
Ahora no soy capaz de oler otra cosa que no sea tu pelo suelto
barriendo mis pecas,
en la noche, sobre mí,
y con ganas de enredarse y quedarse a vivir.
Llegados a este punto, he de admitir que esto es lo más parecido a un huracán
que he visto jamás,
que se mueve más fuerte cada vez que me aprietas con las piernas.
Y la corriente esboza una especie de laberinto del que,
aun conociendo la salida,
haré el máximo por no encontrarla.
Porque pienso perderme en ti más veces que días tiene un año.
Y eso me pasará por no dejar de avanzar hacia dentro
y de dar rodeos sin conocimiento,
como aquella que se pierde sin querer.
Encontrando en ti el punto de fusión que una nuestras idas y venidas,
conociendo con ello, la llegada y la salida.
Siento tus labios en los míos
como la sensación de olas en tus piernas nada más salir del mar.
Ahora siento y oigo en verde
porque el color de tus ojos me ha privado los sentidos.
Tengo arraigadas en el pecho cada una de tus manos
y mi corazón late más deprisa desde que me arropo con tu aliento.
Esta noche te he dicho
mientras soñabas,
que ya he visto muchos paisajes,
pero que ninguno como el de tus pestañas sobre la almohada.
Has sonreído mientras te hacías el dormido
y yo he visto como el sueño se escapaba por la ventana.
Era necesario sentirte encima de mi para recordar que estaba viva,
siento como nazco cada vez que me besas la barbilla.
Y mis dedos sólo saben resaltar la forma de tus labios
en cualquier lugar en el que pueda dibujarlos.
Ya no tengo sombra, es la propia idiosincrasia
la que me sigue a todas partes cada vez que siento que me sigues.
Hasta el punto que he pensado en comprarme un adosado
cerca del lunar que sobrepasa tu cintura.
Ahora no soy capaz de oler otra cosa que no sea tu pelo suelto
barriendo mis pecas,
en la noche, sobre mí,
y con ganas de enredarse y quedarse a vivir.
Llegados a este punto, he de admitir que esto es lo más parecido a un huracán
que he visto jamás,
que se mueve más fuerte cada vez que me aprietas con las piernas.
Y la corriente esboza una especie de laberinto del que,
aun conociendo la salida,
haré el máximo por no encontrarla.
Porque pienso perderme en ti más veces que días tiene un año.
Y eso me pasará por no dejar de avanzar hacia dentro
y de dar rodeos sin conocimiento,
como aquella que se pierde sin querer.
Encontrando en ti el punto de fusión que una nuestras idas y venidas,
conociendo con ello, la llegada y la salida.
jueves, 12 de marzo de 2015
Sinónimo reverso.
Hablemos de la linea de tu espalda.
Amanece, como siempre. Y, como siempre, ahí está. Dormida.
Tumbada, pulcra. Cansancio, distensión.
Crepúsculo, por variar. Y, por variar, camina. Juega
Matriz y motriz. Paisaje y contorno. Sol, sombra.
Anochece, finalmente. Y, al fin, se vuelve. Apresura.
Calma y ansiedad. Pasión y soledad. Erizado, suavidad.
Calma y ansiedad. Pasión y soledad. Erizado, suavidad.
Camino hacia la exhalación, vuelta de gemidos con síntoma de ahogo.
Aliento denso capaz de escamar la piel.
Pura maravilla. Deslumbres.
Pura maravilla. Deslumbres.
Manos ciegas expertas en memorizar un recorrido en linea recta. Después, curvas.
Muchas curvas.
Embriaguez en estado absoluto e inútil sensación a síndrome de abstinencia.
Caes, te deslizas. Chocas.
Mas quieres quedarte a vivir. Y contar los lunares que bajan, que suben de vuelta a casa.
Y perderte. Fantasear por olvidar el rumbo, la dirección.
Dorso pálido, frívolo. Atractivo, calor.
Por fin, sudor. Omóplatos cansados. Soplo volcánico.
Antojos de cervical. Besos por labios agrietados. Al fin, excitación.
Amanece, como siempre. Y, como siempre, tapas el sol. Resplandece.
Pero mantienes la mirada. Dejas la cara dónde estaba.
Aún nos quedan kilómetros de más. Hablemos de la linea de tu espalda.
domingo, 26 de octubre de 2014
Imagínate.
Me gusta pensar en ello. Te imagino, nos imagino.
Y mi imaginación es amor, y este se hace, nace en nosotros
como si de espuma se tratase. Y se vuelca, nos volcamos...
Nos imagina. Te imagino imaginándonos. Volamos, caemos.
Ardemos sin llegar a consumirnos... Eso viene después.
Pero eso aún no lo imagino.
Nos cogemos de la mano, las apretamos. Fuerte, denso.
Y después, sudor.
Me divierte imaginarlo, me río... sonrío.
Me gusta pensar en ello, me gusta imaginarlo...
Y mi imaginación es amor, y este se hace, nace en nosotros
como si de espuma se tratase. Y se vuelca, nos volcamos...
Nos imagina. Te imagino imaginándonos. Volamos, caemos.
Ardemos sin llegar a consumirnos... Eso viene después.
Pero eso aún no lo imagino.
Nos cogemos de la mano, las apretamos. Fuerte, denso.
Y después, sudor.
Me divierte imaginarlo, me río... sonrío.
Me gusta pensar en ello, me gusta imaginarlo...
Vapor de amaneceres
No existía despedida más amarga,
por eso se decidieron por un amistoso
- "Hasta luego"
Creando en aquél semi-adiós,
muchos más encuentros de
casualidades sobrevenidas.
Y no hubo beso (aunque sus ojos
se besaron)
Hubo un guiño de corazón a corazón
y un apretón de manos con sensación
de:
-"Tal vez volvamos a vernos"-
por eso se decidieron por un amistoso
- "Hasta luego"
Creando en aquél semi-adiós,
muchos más encuentros de
casualidades sobrevenidas.
Y no hubo beso (aunque sus ojos
se besaron)
Hubo un guiño de corazón a corazón
y un apretón de manos con sensación
de:
-"Tal vez volvamos a vernos"-
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